La aproximación a la realidad es un hecho fundamental en la pedagogía promovida por toda institución educativa dirigida por los jesuitas. Así se desprende de la primera de las Características de la Educación de la Compañía de Jesús, cuando se insiste en afirmar la realidad del mundo. Para Ignacio de Loyola, Dios es la realidad absoluta y todo lo demás adquiere sentido únicamente en la medida en que nos conduce a Él. En este sentido, es responsabilidad de los maestros y de la comunidad escolar en su conjunto, promover entre sus estudiantes la búsqueda de la presencia, las más de las veces recóndita, del Creador, en la urdimbre de acontecimientos que nos rodean. Ningún hecho queda así excluido de este abanico de manifestaciones, puesto que, en la misma línea en que se expresa San Pablo en la Carta a los Romanos, debemos reconocer que “todo viene de él, ha sido hecho por él y ha de volver a él”.

Pretendo en el presente artículo bosquejar algunas líneas fuerza que nos ayuden a entender el énfasis que la educación ignaciana brinda al análisis de la realidad y explicar, a partir de la experiencia del propio San Ignacio, el rudimento del que se nutre la característica antes descrita.

No cabe duda que en Ignacio de Loyola habitaba, desde el comienzo de su peregrinar, un profundo sentido pedagógico. Sólo así se explica su metódica costumbre de anotar sus experiencias en un pequeño libro, con la intención confesa de que dichas experiencias pudieran ser útiles a otros, llamados a recorrer su mismo itinerario espiritual.

Es de estas anotaciones, en un primer momento desorganizadas y sin estructura definida, de donde sobrevendrán luego sus Ejercicios Espirituales, ese compendio de meditaciones, oraciones y ejercicios mentales que se arraiga, según lo explica el P. Francesc Riera I Figueras, SJ, profesor en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona y Director del Centro de Estudios Cristianismo y justicia, en la tradición más clásica de los padres del desierto. Los Ejercicios retoman como elementos esenciales la relación maestro y discípulo y a la vez, suponen retiro, aislamiento, de forma semejante a la que buscaron los monjes y los eremitas durante el siglo IV, al abandonar el fragor de las ciudades del Imperio Romano.

Con éstos indicios, resulta curioso entonces que la vida de Ignacio diste tanto de la de un anacoreta, alejado del mundo, dedicado por completo a la contemplación y a la penitencia, aunque haya habido mucho de esto en su persona al principio de su recorrido y más exactamente hasta la experiencias vividas en Manresa adonde estuvo casi un año.

Pero así como el mismo Ignacio no es un asceta según la definición estricta del término, tampoco el libro de los Ejercicios Espirituales se aproxima, ni de lejos, a una suerte de Pateriká, esto es, una compilación de lecturas espirituales y apotegmas, como los que, durante la Edad Media, solían leerse a la hora de las comidas en los refectorios de los monasterios. Los Ejercicios Espirituales se afincan en la realidad personal para, desde allí, propulsar al practicante a una dimensión ultra terrena, que termina por iluminar y dar sentido a la primera.

Ignacio fue un hombre de su tiempo y trató de lleno con algunos de los asuntos más espinosos de la época que le toco vivir; tiempos turbulentos en los cuales el imperio otomano se expandía, recién se conocía la vastedad y riquezas de las culturas precolombinas de América, y en Italia y el resto de Europa irrumpía con fuerza el Renacimiento, revitalizando el ideal griego de la belleza y llevando consigo un soplo de humanismo al apolillado Viejo Continente.

Fundamental fue también el papel de Ignacio y de algunos jesuitas, en la Contrarreforma, movimiento de oposición a las ideas de Calvino y Lutero. Con sus luces y sus sombras, el papel de la Compañía de Jesús, en las personas de Diego Laínez, Alfonso Salmerón y Francisco Torres fue de capital importancia en el Concilio de Trento, que hacia 1545 convocara Paulo III, al punto que algunos historiadores afirman que fueron ellos los verdaderos ideólogos de dicha asamblea y quienes, a la postre, terminaron imponiendo el espíritu por el que después se le identificaría.

Todo lo dicho hasta aquí nos permite concluir que en Ignacio de Loyola desembocan dos afluentes aparentemente contrapuestos: por un lado, una profunda raigambre espiritual, fruto de la ilustración recibida de Dios mismo en sus primeros años de peregrinaje y por el otro, una vinculación directa con “el mundo”, es decir, con los acontecimientos de su época en donde fue, mucho más que un mero espectador.

La síntesis que Loyola logra de estos dos hechos, queda finalmente plasmada en la que denomina “contemplación para alcanzar amor”, condensada en los numerales 230 al 237 de sus Ejercicios Espirituales. Es allí donde Ignacio nos revela la forma en la que entiende el mundo o a la realidad, para designarla en términos más actuales. Dios habita en las criaturas y en los elementos, está presente en todas las personas y sobre todo trabaja y labora por el ser humano en todas las cosas creadas sobre la faz de la Tierra.

El Dios de San Ignacio se aleja por completo de la imagen de un dios arcano, clandestino e inalcanzable, apenas accesible para algunos privilegiados. Por el contrario, Dios está allí, en los hechos circundantes, en las plantas tanto como en los animales, en el raciocinio, los sentidos y la inteligencia. En definitiva, en la vida misma con todo lo que ésta implica.

Aclarado esto, debemos concluir volviendo a nuestro punto de partida, certificando el hecho que acercar a los estudiantes a la realidad, aproximarlos al acontecer social, económico, político y medioambiental que les rodea es, en definitiva, abocarlos al rostro del Dios operante, siempre activo y totalmente vigente que se manifiesta en la historia.

La labor de los docentes de las instituciones educativas de la Compañía de Jesús, será guiar a los jóvenes en esa búsqueda, mediante el análisis crítico e incisivo de la realidad, a fin de descifrar lo que de ella haya de bondad originándose en Dios, como de perverso y execrable, a causa del mal proceder de los hombres. Sólo así garantizaremos que nuestros egresados sean sujetos de cambio o cómo lo señalara el P. Peter Hans Kolvenbach, anterior Prepósito General de la Compañía de Jesús, individuos “compasivos y comprometidos con la justicia en el servicio generoso al pueblo de Dios”.

Será tarea de posteriores reflexiones determinar la mejor manera de hacerle frente a la inmensa tarea que tenemos por delante: la de aproximar a nuestros jóvenes a su realidad circundante, de forma tal que dicha aproximación cautive en igual medida la razón como los sentimientos e impela a acciones concretas. Es menester reconocer con San Ignacio de Loyola que el amor consiste en actos y no en palabras. He allí una bonita idea para sentarnos una vez más frente al computador e hilvanar nuevos argumentos.


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