Reflexiones educativas


Las ideas aquí expresadas reflejan la opinión de cada autor y no necesariamente derivan en actos o disposiciones institucionales, las cuales se toman en forma colegiada.


Hace ya algún tiempo tuve noticia de las conclusiones de un estudio que relacionaba la extensión del conjunto de leyes de un país con su respectivo nivel de desarrollo. No puedo citarlo con exactitud, pero doy fe de su planteamiento: que mientras menos desarrollado era un pueblo (cultural y económicamente hablando), su cantidad de leyes y reglamentos tendía a crecer, como si la gente de estos países necesitara que se le hiciera explícito incluso lo obvio.

En un artículo anterior señalé la importancia que la aproximación de los estudiantes a la realidad tiene en las instituciones educativas de la Compañía de Jesús, -sea dicha realidad de naturaleza social, económica, política o medioambiental- enfatizando el hecho de que dicho acercamiento es en definitiva una aproximación al rostro del Dios operante, siempre activo y totalmente vigente que se manifiesta en la historia. Pretendo ahora dar un paso adelante y profundizar en este modo de proceder


Educar es mucho más que enseñar hechos, conceptos y principios; se trata también de formar las actitudes y los valores de los estudiantes. El desarrollo intelectual es tan sólo una parte de la formación integral que se persigue como objetivo último de la educación.

Las pruebas objetivas o exámenes escritos son seguramente la manera más común de obtener las notas en el sistema educativo nacional. Por décadas ha sido así, hasta tal punto que el término “hacer una evaluación” evoca indefectiblemente la imagen mental de una papeleta con preguntas para contestar individualmente, en un tiempo determinado y bajo estricta vigilancia.


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